viernes, 16 de marzo de 2012

Fitito Azul


El domingo era el mejor día de la semana. Tío Lu la pasaba a buscar al mediodía y la llevaba a pasear. La sentaba en los asientos de atrás del auto, arrancaba y ella con su mano izquierda saludaba a su madre que la despedía desde la vereda. Tío encendía la radio y ella se acomodaba en el medio, bien en el medio, casi calculando a la perfección los centímetros que la separaban de las ventanillas de los costados. Le encantaba ver a su tío manejar, pero lo que más le gustaba es que no le hablaba. Los dos iban en sus mundos, en sus realidades y en sus fantasías. El tío sabía que si pronunciaba palabra podía distraer a Nina de sus ideas y eso la fastidiaba. Y a él también lo fastidiaba, le encantaba ver a Nina metida en sus pensamientos y sus ideas. A veces se daba cuenta que las imágenes y las historias que ella construía iban de la mano de la canción que en la radio sonaba.
 Todos los domingos eran iguales: ella se subía al auto, él arrancaba y daban vueltas y vueltas por dos horas seguidas. Cuando las dos horas en punto pasaban, él apagaba la radio y ella bajaba del auto. Se sentaban en el parque a tomar un helado y luego el tío Lu la llevaba a su casa. Sólo se hablaban cuando se saludaban “hola”, “adiós”.  Todos los domingos eran hermosos para ella, siempre llegaba a su casa con una hermosa sonrisa, se bañaba, se peinaba y escribía en su diario las historias que en el viaje se imaginaba.
El segundo domingo de Enero, Lu la pasó a buscar. Después de las dos horas ya sentados en el parque el tío le dice a Nina que el próximo domingo iban a hacer su recorrido en compañía de alguien que había conocido, y que quería que la conociese. Nina se congeló. Su helado parecía derretirse rápidamente en su mano. Se levantó y lo botó. Mientras el tío la llevaba de camino a su casa, la observaba desde el espejo retrovisor. Ni lo miraba, su boca tiesa no mostraba ni una mueca. Se bajó y entró en su casa.  Los días le parecieron interminables, las horas parecían chicles enormes, grandes y pegajosos.  El sábado por la noche preparó el mejor vestido que tenía, un solero de flores azules muy pequeñitas, se peinó y se acostó.
Al día siguiente el sol brillaba en todo su esplendor, Nina sentada en la puerta de su casa esperando al tío. Lo ve llegar, el corazón le empezó a latir con más y más fuerza, ve salir del asiento del acompañante a la que sabía que iba a ser su rival: una mujer esbelta, mucho mayor que ella y que él, pensó. Se acercó y le dijo “¿vos debes ser Nina, no?” .Guerra declarada, pensó Nina. No le contestó y se subió al auto.  El tío, como siempre, encendió la radio. Su novia se acomodó en el asiento, le acarició el pelo a Lu y se puso los lentes de sol. Nina miraba cada movimiento, lo calculaba, se lo memorizaba. Ya iban una hora y media de recorrido y nadie hablaba. Le molestaba fervientemente, irritantemente que nadie hablara, que ella no hablara. Si no hablaba entonces significaba que el tío Lu le había contado con pelos y señales lo que hacían los domingos. Pensó y se dijo que no podía ser, que era una intrusa en su vida y que encima quería amoldarse a ella sin pagar ningún precio.  Nina le dijo al tío que la llevara a su casa, que el calor la había afectado y que estaba mareada. Llegó a su casa, sin bañarse y con el diario en su mano decidió armar una lista de las cosas que le gustaban a Lucas. La música, su banda favorita, sus libros, sus ideas, sus gustos, etc.
Tío Lu tenía 30 años y Nina 14. Ante este recordatorio, fue a su vestidor y la ropa que allí estaba, ya no le serviría. Se puso en  campaña, fue a cuanta feria americana había. Todos sus vestiditos aniñados  habían quedado en el olvido. Era hora de reaccionar, sabía lo que quería y siempre lo supo.  Su tío, no era tío, era un amigo de su padre que después de su muerte fue el único que siguió visitándolas. 
El domingo había llegado. La bocina sonó y ella salió con sus jeans ajustados, su remera corta, su pelo suelto y con aretes grandes llenos de colores, un morral violeta y unas sandalias de cuero marrón. Tío Lu la miró correr desde la puerta de su casa hasta su auto, su sonrisa era la sonrisa más hermosa que había visto en su vida, el sol bañaba su pelo rubio ondulado y sus mejillas a penas rosadas completaban una figura que nunca antes había tenido en cuenta.   Se subió al coche, lo besó en la mejilla derecha y a ella en la izquierda. Y dijo “¿Y a dónde vamos hoy?, tengo visto un lugar que me encantaría que me llevaras”. Tenía planeado todo, cada hora, cada minuto, cada segundo.  Se sentó, pero esta vez lo hizo del lado de la puerta derecha, bajó la ventanilla y el viento le pegaba en la cara, llena de vida, sonriente y feliz. Lu la miraba desde el espejo, cuando se vio sin quererlo sonriendo al verla.  Llegaron  a la plaza y el show había comenzado, era una feria y la gente estaba contenta por poder escuchar y bailar la música que el dj pasaba. Ella rio y le dijo al oído “esta canción que estamos escuchando será nuestra canción”.
 Ema, la novia de Lu, se sentó en una escalinata. Y él se sentó al lado de ella, escuchaba todo lo que Ema le reclamaba, que estaba cansada de hacer todos los domingos lo mismo, que Nina ya no era pequeña, que se busque amigos de su edad que la acompañen a recitales de ese tipo. Que ella entendía que le había prometido a su padre cuidarla, pero que ya sentía que pertenecía más Nina en su vida que ella.  La chica estaba detrás de ellos escuchándolo todo, Lu la vió y ella echó a correr.  Lu la persiguió, la alcanzó y ella entre sollozos le dijo “pensé que éramos amigos, no que estabas conmigo por una promesa a mi padre”, él la abrazó y le dijo que él elegía pasar los domingos con ella, que los domingos empezaron a dejar de ser tristes, solitarios y depresivos desde que la pasa en su compañía. Que la quería, que no era un compromiso que “aprecio cada minuto de tu compañía, me gusta cuando te subes a mi coche y escuchas ésa canción de los Beatles que te hace imaginar siempre lo mismo, me gusta que cuando pasamos por una plaza y hay alguien vendiendo globos te imagines pinchándoselos todos y hagas ésa mueca que siempre haces con el lado de la comisura izquierda de tus labios, me gusta que cuando no hay helado de fresa te quedes como pensando, como si eligieras siempre distinto y siempre terminas con el chocolate con almendras, me gusta que cuando en la radio suena Serrat te acuerdes siempre de tu padre y tus ojos se llenan de lágrimas, me gusta que cuando ves a una pareja besándose te imagines que me besas a mí…” después de ésas palabras el silencio abrumó el mundo, un silencio ensordecedor que acalló su alrededor. Se miraron como sorprendidos, tomados de las manos, ella dio los primeros pasos, se acercó tanto que él pudo sentir su respiración, ella rozó sus labios por su mejilla y después en sus labios, él se negó pero ella insistió y le dio un segundo beso. Él la apartó y se fue. 
Pasaron las semanas y ella seguía esperando cada domingo en la puerta de su casa. Hasta que un domingo ve venir a una mujer, no la reconoció hasta que se acercó más a su casa. Era Ema, que preguntó si sabía algo de Lu, que ella desde aquél domingo no supo nada de él, no atiende el teléfono, no fue al trabajo y en su casa no aparece.  Nina le respondió que hacía tres domingos que no la pasaba a buscar, que fue su cumpleaños y no la llamó siquiera.  
Pasaron los días, los meses y los años.  Nina no dejó de sentarse todos los domingos en la puerta de su casa, estaba bien, pero llevaba un dolor, una angustia dentro que necesitaba descargar, liberarse de una vez por todas. Decidió buscar entre sus cosas algo que le reconfortara, algo más tangible que lo haga recordar por última vez. Encontró su diario y todas las historias que habían  imaginado, todos los recuerdos que aquél coche azul le había dado.  Decidió ordenar, cerrar, elaborar y limpiar todos aquellos recuerdos que en el diario estaban.
Se presentó en la editorial un día lunes del mes de enero a las siete de la mañana. Se reunió con el director y le presentó su obra. El libro salió a la venta tres meses después. El otoño había bañado las calles de hojas naranjas, amarillas y marrones, las librerías exponían en sus vidrieras el primer ejemplar a salir de “Historias de un choche azul y un amor”.
Habían pasado ocho años desde la última vez que lo vio. Había vivido muchas cosas desde entonces, amores, desengaños, amistades y viajes. Pero aún sentía un lugar vacío que nadie había sido capaz de llenar.  
Como siempre, como aún lo seguía haciendo de vez en cuando, algún domingo se sentaba en la puerta de su casa.
Un domingo cuando estaba a punto de entrar a su casa, se acerca un niño con su libro y le dice “míralo por dentro” y se fue. Ella lo abrió y dentro estaba escrita una dirección que ella conocía muy bien, fue hasta la plaza con el corazón que latía cada vez más rápido, más fuerte.  Casi como un presagio cada vez que daba un paso más hacia la plaza escuchaba más y más fuerte una canción que lo recordaba a él y a ella, a ellos. Una niña le regala un manojo de globos de todos colores, detrás de los globos y apoyado en el respaldo de un banco de la plaza, estaba tío Lu. Esperándola, siempre esperándola. Ella corre a su encuentro, se miran, se toman de las manos y mientras se besan los globos se elevan hacia cielo.


P.D: Pequeña historia que no sólo homenajea a mi eterno corazón adolescente sino que también a otra historia ya narrada ;)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Vértigo (o certeros sentimientos, sentimientos certeros)


Sentimientos cruzados, turbios, violentos, envolventes y salados. La marea los lleva y los trae inmensamente pequeños, quizás gratos, dudosos, temerosos, pudorosos, indetectables. Se encuentran en  un mar sin coordenadas,sin señal, nadie responde y yo no respondo. Soy indiferente, quizás por miedo a revelarlos.
Los sentimientos  son ciertamente irrevelables. Actúas, no pensás y escondés lo que verdaderamente sentís en ése mar en el que no te interesa tu postura, no te importa si me importa o no. Se manifiestan cautelosos meticulosamente cautelosos. Soportas, reís, llorás. La tranquilidad se ve amenazada por vos, por ellos, por mi inconsciente atrevido. El ello nos guía pero no nos complace, nos intimida, nos confronta. Latidos leves, pausados…ahora  rápidos tímidamente rápidos, sobresalientes, pero ellos no se manifiestan. No lo pidas, ya es tarde y no te complacen. No te aceptan, rogá, implorá pero ellos no actuarán. El tiempo se vuelve inactivo, pasivo, retrasado, adelantado, indeciso, preocupado, mecánico. Una altanería tranquila.
 El discurso siempre es el mismo, la rebeldía siempre viene y va, nos desnuda, nos protege. Los cimientos no se mueven, si ella está nada es corruptible.
Los sentimientos siempre son los mismos, tal vez más fervorosos pero aún no se manifiestan. Hoy no hay nada que los haga cambiar, no se sienten exhibidos, se funden en el mar y no se mezclan con los tuyos porque vos sos río y yo mar.
http://www.youtube.com/watch?v=4L9-AvjsB6g

Texto publicado bajo el nombre de "Lola Nomiro" en alguna época divaguista de mi vida.



viernes, 16 de septiembre de 2011

Se

Se levanta y tira el vaso de agua que había dejado a la noche y se fastidia.
Se mira al espejo y ve sus ojeras y se fastidia.
Se lava los dientes y la cara y se fastidia, el agua estaba muy fría.
Se quiere vestir y sus pantalones están colgados en el patio, se fastidia.
Se prepara un té y se quema con el agua, se fastidia.
Se sienta y se olvidó de buscar el azúcar y se fastidia.
Se aburre y enciende la radio y se fastidia, siempre las mismas canciones.
Se dispone a limpiar, ordenar y no sabe ni por dónde empezar, se fastidia.
Se prepara para salir y no encuentra las llaves, se fastidia.
Se colaron en la fila del súper y se fastidia.
Se olvidó el monedero en el súper y se fastidia.
Se prepara los elementos para cocinar la cena y no los tiene todos, se fastidia.
Se hicieron las siete de la tarde y a casa llegó él, se fastidia.
Se saludan y él mientras camina le regala una sonrisa, se enamora, again.
-¿Cómo estuvo tu día?, le pregunta él.
-¡Hermoso!, le dice ella.
Es que si él está con ella, a ella no hay fastidio que le dure.

martes, 19 de julio de 2011

Al "Negro"

Hace días que me levanto pensándolo y recordándolo.
Mañana, 20 de Julio, es el día del amigo. El telediario hace cuatro años que no pasa el informe sobre él y sus amigos reunidos en el bar “La Sede” o “El Cairo”. Ya no muestran su sonrisa amplia ni sus ojos verdosos y llenos de alegría. Hace cuatro años que “Mendieta” apareció en su cuadrito solito y llorando, y su amigo “Yo, Matías” piantándole un lagrimón por sus mejillas despidiéndose de un eterno amigo.
Tal vez no muchos lo habrán leído, pero estoy segura que la mayoría lo conoce.  “Boogie el aceitoso”, “Inodoro Pereyra”, cuentos como “Maestras Argentinas”, dibujos como los de “Martín Fierro”, su amor y pasión por el equipo de fútbol que él tanto quería, y congresos varios. Como aquél congreso de la Lengua que él junto a los señores trajeados dijo con total claridad que a él le gustaba una palabra en particular, que no era lo mismo decir tonto que PELOTUDO. Y explicó que lo que le daba firmeza a la palabra era la consonante lateral L (ele). Coincido en su gusto, pero para mí lo que me gusta de esa palabra es la tríada consonántica: la oclusiva bilabial P (pe), la oclusiva dental T (te) y la oclusiva dental D (de). La vocal abierta O hace que termines la palabra con la boca abierta y liberándolo todo. Es realmente magnífico, es una palabra que en lo particular me fascina. No solo por su sonoridad sino por la liviandad que le deja a uno decirla.
Extraño verlo con sus amados colores, en su mesa dibujando, el informe con sus familiares y amigos hablando de lo bueno que era el Negro.  Sus ocurrencias a la hora de responder cualquier tipo de pregunta. 
Cuando vi el video que publicaré a continuación, me surgió la curiosidad por saber qué o cuáles son las puteadas que más dice o que más le gusta a la gente.  No estoy en contra de ellas, estoy en contra cuando son mal utilizadas (ya sea por desconocimiento del significado de la misma o por el contexto en que sea usada).
En Argentina las más escuchadas son: pelotudo (obviamente), boludo e hijo de puta.  Creo que en Puerto Rico es “pendejo” y en España: so payaso, gilipollas y todo lo que tenga que ver con polla.
¿Cuál usarás?
Quiero agradecerle al Negro Fontanarrosa por su ingenio, su labor y dedicación. Por haber hecho que me acercara aún más a la literatura en todas sus formas.
Hoy, 19 de Julio, hizo cuatro años del fallecimiento de Roberto Fontanarrosa, “El Negro”.
Y hoy hace cuatro años que lo extrañamos.
Primera parte (dura poquito y vale la pena)
Segunda parte (dura poquito y vale la pena)
http://www.youtube.com/watch?v=J_KpLnsq9A8

miércoles, 13 de julio de 2011

Utsukushisa to Kanashimi to

El tren se detuvo entre Flores y Caballito.
Por lo general las personas se enojan, vociferan groserías y se ofuscan por el hecho. Sin embargo, ella agradeció aquel detenimiento y se acomodó en su asiento, abrió su bolso y siguió leyendo la novela que había empezado tiempito atrás. Estaba ansiosa por saber lo que había pasado con Otoko, Oki Toshio y Keiko. Llegando casi al final, faltando algunas hojas por saborear ella detuvo la lectura y se dedicó a contemplar cómo los rayos de sol bañaban los árboles dándoles un esplendor magnífico. Las hojas casi amarillentas de los árboles que se ubicaban en  las calles convertían el paisaje hostil y rutinario en algo completamente maravilloso y lleno de vida. Se preguntó si alguien más que ella podía dar cuenta de tan bello cuadro, pensaba que si todos al menos por un instante podían ver  lo que sus ojos veían llenarían su vida de aire fresco, renovado, llenándose de vida.
¿Y por qué, por qué sentía o tenía la necesidad de ver y sentir la naturaleza justo ahora? ¿Por qué ahora y no antes,por qué si no era la primera vez que se detenía el tren mientras ella viajaba? La respuesta la tenía entre sus manos: Yasunari Kawabata, el (y todos los adjetivos calificativos positivos que el lector desee) escritor japonés que había entrado en su vida y se había instalado en su memoria como un recuerdo de la infancia, como algo cálido y reconfortante de recordar. 
Terminó de leer la novela antes de que el tren llegara a destino. Caminó entre las personas feliz, sonriente como sabiendo el secreto de la vida, como si tuviera el alma llena. Es que haber leído Utsukushisa to Kanashimi to (Lo bello y lo triste) es como haber viajado a Japón en lo que dura el viaje en tren de Flores a Caballito.
La excelencia, la calidad de los paisajes, el amor, la crueldad, la venganza, el pensamiento femenino y su psicología, la capacidad de describir lo antiguo y tradicional junto con lo más moderno, la capacidad de encontrar y describir lo más doloroso y triste junto con la escena más estéticamente bella, eso y más nos ha dejado Yasunari Kawabata, un escritor que sin ninguna duda ha marcado la vida de esta pasajera…y la mía, claro.
“No podía decir por qué aquellas lomadas verdes, tan poco vistosas, habían llegado tanto a su corazón, cuando a lo largo de las vías férreas había montañas, lagos, el mar…y a veces hasta nubes de tonalidades caprichosas. Pero quizás fuera su melancólico verde y sus melancólicas sombras crepusculares de las hondonadas que las separaban, lo que había provocado su dolor.”

viernes, 24 de junio de 2011

E(de)Wilde

Nueve años pasaron.
Nueve años.
Nueve años pasaron desde que me dijiste: "te prometo que la próxima vez que venga,  toco timbre y hablamos".
Aún recuerdo nuestro último año nuevo. Tu vieja nos sacó una foto a los cuatro. A vos, a Javier, a Marianela y a mí. Vos felíz porque habías podido ver a tu niña y yo felíz porque te tenía. Porque los tenía. Ustedes eran como super hermanos que se defendían, se enojaban, se querían y por sobre todas las cosas estaban allí cuando una más los necesitaba. Vos siempre estuviste ahí para mí. Porque tenías una capacidad de escucharme, de entenderme y de aconsejarme.
Miles de veces intenté decirte, de hacerte entender que no estabas bien. Que así las cosas no eran. Pero tu nombre era sinónimo de terquedad y no hubo nadie que te haya podido parar. 
Cuando cumplí los quince tocaste el timbre del portero y me dijiste que la pasara bien, que me querías y que yo era tu única amiga. Que te alegrabas de ser mi amigo. Así de tierno eras.
Una noche fría te encontré debajo de la torre con algunas de tus cosas. Te pregunté qué a dónde ibas y me hiciste aquella promesa. 
Aún cuando regreso al barrio y me siento en el sillón de mis padres, miro hacia la puerta esperando que vuelvas y que la herida deje de sangrar.


http://www.youtube.com/watch?v=8Ct5KTM-A_c





jueves, 2 de junio de 2011

Ronda Nocturna

Quizás el destino nos jugó una mala pasada diría usted, en cambio yo digo que las tejedoras no se han equivocado con sus hilos.

 Está sentado en el borde de la cama jugando a formar palabras, investigando cuál de sus partes del cerebro funciona en cada pensamiento, tratando que su pequeño audífono en su volumen máximo pueda capturar todo, absolutamente todo. Es de noche, presiente que las maderas crujirán hizo mucho calor durante el  día, de noche se sabe que las maderas crujen y como lo sabe todo el mundo él no quiere dejarse engañar por un simple hecho que es de conocimiento mundial… o barrial. Prefiere ir más allá, que su oído penetre las maderas, las paredes, las cañerías y ahí, en el 5 piso se oyen pasos y llaves que fueron arrojadas con violencia hacia la mesa, presiente que no todo esta muy bien en el quinto y prefiere escuchar otra cosa.
 En el B gemidos, gritos, no se atreve a oír pero sin embrago paso un buen rato escuchándolos y pensando que Sofía no tiene novio, es muy chica para tenerlo. Se empieza a preocupar, decide salir de su departamento y tocar a la puerta. “¡Sofi! Estás bien”, le dijo. La niña le dijo que si, que estaba viendo la tele. El pobre no sabía que hacer, pero si apenas era una nena no podía ver esas cosas, pensó que hablaría con sus padres. Se sentó en el borde de su cama, miro al reloj y le dijo: tú si que no pierdes el tiempo. Cansado, pesado, tiene deseos de dormir pero espera a su viejita que no llega.
Preocupado decide salir  y esperarla en el hall de entrada, toma las llaves y abre la puerta, “¡Hola!, qué hace viejito! A dónde quiere ir, cierre, cierre que hace frío!” El viejo Emilio prepara la mesa y sirve la sopa.
Después de cenar y de comer su postre favorito: queso y dulce (eso fue lo único rioplatense que le gustaba). Tomó un baño, a la vieja le pareció extraño (debo decir que a mi también, pero no porque sea él sino porque me resulta extraña la idea que los viejitos se bañen de noche).Se secó, se puso su pijama a cuadros de color azul y se sentó en su cama de sábanas blancas de un suave algodón, puso el despertador. Le dió el besito de buenas noches a su viejita y se durmió.
 Soñó tanto ésa noche, pero tanto…soñó con su vieja, con  Delia, con José, con Ana, hasta con su perro Dodó. A Delia la soñó de joven, alta, con su pelo largo y suelto, como suspendida en el tiempo, el viento acariciaba cada cabello Y su piel brillaba como en ésas tardes de sol en donde él tocaba a su puerta y ella se asomaba por su ventana levantándole la mano y diciéndole: “espérame, pero no te quedes al sol, que yo te quiero blanquito” y se sonreían. Soñó que iban al cine tomados de la mano, ella del lado de las vidrieras y él del lado de la calle, como debía ser, claro. Vivió tantas cosas con Delia, tantas…hasta que un día se separaron así sin más ni menos. Creo que ninguno de los dos supieron alguna vez los por qué de dicha separación.
Una noche de Enero de ésas que el calor es insoportable, los muchachos lo pasaron a buscar por su casa y salieron a caminar por ahí. Llegaron a San Telmo paseando por Defensa jugando a patear una piedra entre todos, levantó la vista y estaba ella en su balcón: sus piernas blancas y largas, su pelo rubio y ondulado, llevaba unos jeans cortados y una musculosa blanca, no sé si le llamó la atención ella o lo que estaba haciendo en la ventana, de todas maneras lo enamoró, subió por las escaleras tocó a la puerta, ella lo invitó a pasar y le dijo: “si no me venías a buscar, me tiraba yo” sus amigos impresionados por tal acción no sabían si esperarlo o seguir son su ronda nocturna, es que habían quedado de ir a lo de  Don Galo a jugar unas timbas. Se fueron y Emilio no apareció por la pensión por toda una semana. Volvió flaco y demacrado tal como los gatos cuando vuelven de sus giras. Ésa semana había sido la mejor de su vida, al menos hasta ahora.
Llegó Febrero y su bendito San Valentín, para ésa fecha armaban un baile en el patio de la pensión y cada uno podía invitar a dos personas (es que era chiquito el lugar vió). La vecina de los treinta y pico invitó a dos tipos que nunca salieron de su habitación. Elsa la de las nenas sin padre invitó a dos amigas, ella tenía la ilusión que el carnicero de la esquina pasara a saludarla y lo esperó nomás, pero nunca llegó. Pobre, después se enteró que estuvo con  Mirna la de la fiambrería. Rubén, Carlos y el gallego no invitaron a nadie. Ana, la vecinita de enfrente había dicho que no iba a estar pero se quedó porque venían sus primas de Corrientes a pasar una semanita. Y Emilio no quiso invitar a nadie, no le gustaban los bailes pero sí la música así que se encargo de que la gente se divirtiera con lo que él pasaba. Ana se acercaba con unos sanguchitos y le convidaba. Llevaba puesto un vestido blanco con flores violetas, un collar de perlas y unas sandalias de taco alto blancas. Tenía el pelo negro y sedoso. Cada vez que Emilio la miraba ella le respondía con otra mirada, a Emilio ya le estaba gustando ése jueguito. Buscó entre sus discos y halló lo indicado para sacar a bailar a Ana. Y empezó…”lindo capullo de alelí…” la tomó de su cintura, luego de su mano, Ana nunca se sintió tan segura y tan estremecida. Daban vueltas y vueltas, la hacía girar le gustaba ver como combinaba el volado de su vestido con el vaivén de su pelo, fueron bailando hasta dar con la puerta de su habitación. Emilio la abrió, pasaron, cerró y siguieron bailando los dos solos a la luz de la luna. Emilio tocaba sus caderas anchas, firmes, sus pechos grandes con pezones pequeños, el olor lo envolvía  en una cápsula de Ana, de Ana…la amó tanto como si nunca hubiese amado a nadie, acaricio cada parte de su cuerpo, besó sus cabellos, sus dedos, sus piernas y más allá, no quería olvidarla nunca. Al otro día, Emilio se despertó y Ana ya no estaba. Se lavó la cara, el calor era inaguantable, asqueroso y pegajoso. Fue hasta su puerta, tocó pero no respondió nadie excepto el gallego que le dijo: “¡que se han ido hombre! Deja ya con la tocadera!” y adónde se fueron, preguntó Emilio, “¡y si no sabes tú menos voy a saber yo, joder!” le respondió el gallego.  Le pidió a Marcos su Vespa y se fueron a retiro, quizás se vuelven sus primas, pensó. Al salir, la ve a Ana que viene del mercado con muchas bolsas. “El gallego me dijo que te fuiste” dijo, “y sí, me fui al mercado no ves?!” Era brava la muchacha. Estuvieron juntos un año, el 14 de febrero del año siguiente ella llegó al baile con una sorpresa para Emilio: Dodó, un perrito. Le dijo que él iba a cuidar de Emilio cuando ella ya no estuviera. Se volvía a su provincia, extrañaba mucho su hogar y no le gustaba la capital. Jamás le pidió a Emilio que se fuera con ella, lo amaba demasiado como para pedirle eso. Y se fue esa misma noche, por la puerta angosta y vieja, pero bailando, sonriendo y llorando, tirándole los besos que no le pertenecían, que eran de él.
Para dejar de pensar en Ana, Emilio salía todo el tiempo con sus amigos. Con José iba a la cancha a ver a San Lorenzo, él no era hincha de ése club pero iba igual. Una tarde de domingo llego una amiga de José que hacia tiempo no veía, se la presento a Emilio y después de una tarde de anécdotas y risas, José le pidió a su amigo que la acompañara hasta la parada de ómnibus porque era de noche y él con esto de la miopía no veía nada. Y así conoció a “La vieja”, que hizo trabajo de hormiga con él, paseaban por la 9 de julio, tomaban mate y hasta parecían adolescentes jugando a quién daba el primer paso para el primer beso. Con la vieja pasaron tardes hermosas, cálidas y acogedoras. Pero ella no siempre fue “la vieja”, ella fue un diamante en bruto. Una guapa morocha de pelo negro azabache, sí azabache, que conquistó su corazón entre arte y arte y mate y mate; fueron a bailar, a la plaza, y entre mate y bizcochitos llegó ése beso. La vieja era tan exigente que le dijo: “¡podría haber sido mejor!” ¡Si será loca! Pobre viejo quedo desconcertado, había machacado toda su galantería y la había pisoteado, ahí el viejo debería haberse dado cuenta que la vieja no jugaba y que al lado tenía a una morocha corajuda sin pelos en la lengua. Emilio debería convertirse en un gran hombre para hacerle honor a la gran mujer que tenía al lado, para cumplir con el dicho: detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer. Y así fue. Después de----- “riiing-riiing” Ya son las siete. La vieja lo llamó “Viejo, viejo despertarte que no lo vas a poder creer, te preparé el desayuno viejito lindo, viejo, Emilio…Emilio…”
En su mesa de luz el frasco de pastillas vacío y una rosa marchita. Al lado esta nota: Al final el viaje es de uno solo, entonces vagué sin rumbo alguno toda la noche, guiado por mis pies solo por mis pies.












Fotografía del blog:  www.hilandorecuerdos.blogspot.com